El espejismo eléctrico se desvanece: pérdidas millonarias en la industria
Los mayores fabricantes de automóviles del mundo apostaron fuerte por una transición rápida hacia los vehículos eléctricos. Ahora, ante la realidad de una demanda que no despega y una competencia feroz desde China, están reescribiendo sus estrategias a toda prisa. En Estados Unidos, el golpe financiero ronda los 50.000 millones de dólares, mientras en Europa gigantes como Volkswagen y Mercedes-Benz lidian con un mercado frío y desafíos inéditos.
En Estados Unidos, la factura de la apuesta eléctrica se acerca a los 50.000 millones de dólares, unos 46.000 millones de euros. En Europa, emblemas industriales como Volkswagen y Mercedes-Benz se enfrentan a una demanda en retroceso y a la presión implacable de los fabricantes chinos.
Durante buena parte de la última década, la industria automotriz se volcó en la electrificación. Subvenciones estatales, normativas de emisiones cada vez más estrictas y el ascenso meteórico de Tesla alimentaron la idea de que el motor de combustión tenía los días contados.
Pero en 2024 y 2025, el optimismo se topó con la realidad. El interés del consumidor se enfrió. La infraestructura de recarga quedó lejos de las previsiones. El entusiasmo inicial se transformó en dudas sobre autonomía, valor de reventa y costes de propiedad a largo plazo.
En Estados Unidos, los fabricantes encabezados por Ford y General Motors ajustaron inversiones y valoraciones de activos por unos 50.000 a 55.000 millones de dólares, es decir, entre 46.000 y 51.000 millones de euros. No son simples ajustes contables: reflejan errores estratégicos de bulto.
Ford reconoció que su división eléctrica, Model e, pierde decenas de miles de dólares por cada coche vendido. Canceló planes para grandes SUV eléctricos y redirigió su apuesta hacia la tecnología híbrida. Stellantis, matriz de Jeep, Ram y Chrysler, se llevó uno de los mayores varapalos: amortizó más de 26.000 millones de dólares, unos 24.000 millones de euros, en proyectos y activos vinculados al coche eléctrico. Varias plantas de baterías quedaron en suspenso y los lanzamientos de modelos se retrasaron años. La fiebre del oro eléctrico resultó carísima.
En Europa, el despertar ha sido aún más duro. La demanda débil replica la desaceleración estadounidense, pero aquí se suma la amenaza existencial de los eléctricos chinos, mucho más baratos. Volkswagen llegó a plantearse cerrar fábricas en Alemania por primera vez en su historia. La demanda de la gama ID quedó muy por debajo de lo previsto y los costes fijos no cedieron. A principios de 2025, Volkswagen, Mercedes-Benz y BMW reportaron caídas de beneficios de alrededor del 46%, prueba de que la transición es más lenta y costosa de lo planeado.
La retirada estratégica no tardó. Mercedes-Benz, que prometía ser totalmente eléctrica en 2030 donde el mercado lo permitiera, confirmó que seguirá desarrollando motores de combustión e híbridos bien entrada la próxima década. Volvo Cars también abandonó su objetivo de vender solo eléctricos en 2030.
La política gubernamental ha tenido su peso. Cuando Alemania eliminó las subvenciones a la compra de eléctricos a finales de 2023, las ventas se desplomaron hasta un 37% en algunos meses. Los datos dejan claro que el mercado dependía más de los incentivos que de una demanda genuina.
¿Por qué se frenó la ola eléctrica? Los analistas señalan tres causas principales. Primero, el precio: los eléctricos siguen siendo demasiado caros para el comprador medio. Los pioneros ya han hecho el cambio, pero el grueso del mercado no está dispuesto a pagar 10.000 o 15.000 euros extra por una etiqueta ecológica. Segundo, el valor residual: los precios de los eléctricos usados caen más rápido que los de los modelos de gasolina, lo que asusta a empresas de leasing y flotas. Tercero, la infraestructura: aunque las redes de recarga crecen, la carga rápida sigue siendo irregular. Para quienes no pueden cargar en casa, especialmente en pisos, la ansiedad por la autonomía sigue siendo un obstáculo real.
¿Y ahora qué? La movilidad eléctrica no está muerta, ni mucho menos, pero el relato de todo o nada se desvanece. En los próximos cinco años, los ganadores serán quienes ofrezcan soluciones flexibles, sobre todo híbridos enchufables: eléctricos en ciudad, sin miedo a quedarse tirados en viajes largos.
Mientras tanto, los fabricantes occidentales deben encontrar la forma de competir con gigantes chinos como BYD, capaces de fabricar eléctricos a costes mucho menores. Si no logran recortar gastos de forma estructural, las pérdidas actuales podrían ser solo el principio de un ajuste industrial mucho más profundo.
La lección es clara para una industria que creyó que la electrificación era la salvación automática: la tecnología cambia deprisa, pero la economía siempre va a su ritmo.